Incluso hoy en día, si cierro los ojos y me pongo a pensarlo, todavía puedo verlo, como si fuera una peli de acción:
Balas.
¿Disparan los negros, o no disparan?
Imposible saberlo: nunca me he sentido tan vivo; tanto, que es imposible percibir nada más que eso. ¿O es que tengo los oídos taponados de recibir tanta hostia? Lo dicho: imposible saberlo.
Corro mucho. Como un guepardo, como una gacela thompson; y compitiendo contra negros, que ya se sabe que son los más rapidos. De vez en cuando, salta gravilla del suelo, hacia mis ojos: sí, debe ser que están disparando.
El chalet de Charo.
A veinte metros.
A diez.
Salto la valla, gritos en camerunés.
La pedazo de puerta acristalada que separa el comedor de la terraza. Tan sólo una posible opción: lanzarme contra ella, atravesarla; librarme de las cortinas, adheridas a mi cuerpo como una red de caza, y seguir corriendo, esconderme.
Lo hago. Salto, en plancha.
Puede que sea lo último que haga. O puede que no.
Por los aires, giro la cabeza y todavía veo a los negros, encaramados a la valla en ese momento.
Pero no había contado con una cosa: después de la cortina viene la cancela metálica, para proteger el chalet de los rumanos invernales.
Y estaba cerrada.
sábado 26 de marzo de 2011
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