En este hueco tenía publicidad, y me la han quitado por marrano.

sábado 26 de marzo de 2011

DOS BOHEMIOS (LXIII)

Incluso hoy en día, si cierro los ojos y me pongo a pensarlo, todavía puedo verlo, como si fuera una peli de acción:

Balas.

¿Disparan los negros, o no disparan?

Imposible saberlo: nunca me he sentido tan vivo; tanto, que es imposible percibir nada más que eso. ¿O es que tengo los oídos taponados de recibir tanta hostia? Lo dicho: imposible saberlo.

Corro mucho. Como un guepardo, como una gacela thompson; y compitiendo contra negros, que ya se sabe que son los más rapidos. De vez en cuando, salta gravilla del suelo, hacia mis ojos: sí, debe ser que están disparando.

El chalet de Charo.

A veinte metros.

A diez.

Salto la valla, gritos en camerunés.

La pedazo de puerta acristalada que separa el comedor de la terraza. Tan sólo una posible opción: lanzarme contra ella, atravesarla; librarme de las cortinas, adheridas a mi cuerpo como una red de caza, y seguir corriendo, esconderme.

Lo hago. Salto, en plancha.

Puede que sea lo último que haga. O puede que no.

Por los aires, giro la cabeza y todavía veo a los negros, encaramados a la valla en ese momento.

Pero no había contado con una cosa: después de la cortina viene la cancela metálica, para proteger el chalet de los rumanos invernales.

Y estaba cerrada.