La hostia más descomunal que me he pegado en la vida, sin ningún género de dudas. Un amasijo de hierros y cristales, clavándoseme por todas partes. Y gritos –además de los míos-, en los que reconocí a mi mujer, a Makenda y a Charo.
Después vinieron las patadas, de los negros: en las costillas, en las piernas, en los brazos…
Y sus gritos:
- ¡Galinga! ¡Dónde Galinga!
Y los míos:
- ¡Parad! ¡Hombre blanco cuenta todo! ¡Parad!
A todo esto, yo con los ojos cerrados, de puro dolor.
Y entonces escuché otra voz, la de Makenda:
- ¡Makendo!
Y entonces otra voz más, la de Makendo:
- ¡Makenda!
Y entonces un disparo, cortabolas y seco. Y abrí los ojos y me habían dejado solo, así que no supe muy bien qué hacer, salvo mirar, y miré por un lado y vi a los negros, saltando otra vez la valla, pero en sentido inverso, y miré hacia el otro lado y vi al Trufas, que abrió lo que quedaba de cancela y se acercó, apuntándome con su pipa, de la que salía humo, y diciendo:
- ¡No disparéis! ¡Todo el mundo quieto! ¡Este es el hijoputa del Trufas!
Intenté decir algo. Pero no pude. ¿Sabéis de esas pesadillas en las que intentas gritar y no te sale? Pues lo mismo. Por detrás del Trufas apareció mi mujer, mirándome sorprendida.
- ¿Qué haces, Manolo? –le pregunta al Trufas-. ¿Qué piensas hacer?
- Matar a este cabrón, cariño.
Después escucho a Makenda, que grita algo en su idioma, que para mí que debía significar:
- ¡No disparéis al de la pipa! ¡Es el marido de Teresa y padre de Manolillo!
Y dejan de apuntarle y sé que voy a morir ahí, sin identidad, sin nada. Y llega un momento en el que ya no es sólo que no pueda hablar, sino que ni siquiera escucho: la boca de Teresa se mueve; la boca del Trufas se mueve; el sol resplandece en lo alto; no voy a ver las próximas fallas.
Cierro los ojos.
Sabrino, las Sabrinas. Están todos en el túnel blanco. Suenan fanfarrias, caen confetis. Sonríen, me están dando la bienvenida.
Y entonces, ocurre: el último recuerdo de mi triste y desarrapada vida.
Estamos mi mujer y yo, en la notaría. Nos ponen delante la escritura, para que la firmemos. Están el de la inmobiliaria, la del despacho de créditos, el director de nuestra sucursal. Vamos a tener nuestro propio piso. Vamos a pertenecerles, a todos ellos.
Teresa firma. Me pasa la escritura. Mi nombre, tengo que firmar debajo. Me lo pienso, miro a mi mujer, sonrío. Un montón de años lampando por discotecas, ligando del culo: es el final de todo eso. La tengo a ella, tengo a Manolillo.
Adiós aventura, adiós emoción. A partir de ahora, sólo una línea recta, directa hacia la nada.
Nada.
Nada.
Nada.
Noto como si hubiera tragado cristal machacado. Escupo sangre. Vuelvo a mirar la escritura. Y hago lo único que puedo hacer:
Tres.
Dos.
Uno…
- ¡Que vivan la familia y el ordeeeeeeeen! –grito.
Y mientras lo hago, le bajo al Trufas el pantalón de chándal y el calzoncillo, de un solo tirón.
Mi mujer le mira la polla. Mira al Trufas a la cara. Vuelve a mirarle la polla.
Y le mete una patada en los cojones y el Trufas se cae al suelo. Y le sigue pegando. Le sigue pegando. Le sigue pegando.
Pero el Trufas todavía no ha soltado la pistola, así que vuelve a apuntarme a la cabeza y dice:
- Lo mato. ¡Lo mato!
Y me agarra de la solapa, me levanta y nos metemos en el chalet. Tere me mira a los ojos, llorando. Subimos la escalera. Entramos en una habitación.
Le suplico que se ponga una goma, de rodillas. Me dice que lo hará. Le doy las gracias, con lágrimas chorreándome.
Por la ventana, veo a un montón de policías, rodeando el chalet. Entre ellos está O´Brete, con pistola y chaleco anti-balas. O´Brete lanza algo y trepa: de pronto lo tengo delante de mí, al otro lado de la ventana.
- ¡Haz algo, O´Brete! –suplico.
¿Y qué hace O´Brete? Sonríe. Y levanta un dedo: otra peineta.
El Trufas me encula. Sigue enculándome. Sigue enculándome.
Después escucho un disparo y es de la pistola del Trufas, que se ha volado los sesos.
Veo un trocito estampándose contra la ventana.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.
martes 29 de marzo de 2011
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