Don Ramón, de profesión alcalde, abrió los ojos a las ocho de la tarde.
- ¡Joder, qué madrugón! –se dijo al mirar las manecillas del despertador-. ¡Si el ayuntamiento no abre hasta las nueve y yo nunca voy antes de las once! ¿Qué hago entonces?
¿Desayunar? No. ¿Asearse? No. ¿Ver la tele? No. ¿Repasar la orden del día? Por supuestísimo que no.
- Huy, pues me parece que me encuentro un pelín tenso. Tal vez sea cuestión de acercarse a pillar un poquito de polvo marroncejo, que si no al final me voy a encender un Farias y tampoco es cuestión. ¡Con lo que me ha costado dejar de fumar!
viernes 25 de marzo de 2011
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