Lo del interior de la caseta ya no se podía aguantar. Armado de su bidón de piedras, Christoph/Seis Fóbico/Punki protegía la entrada impidiendo que los temblequeantes Michael/Cuatro/Perro Pachón, Eva y ahora también Ralph/Tres/Pavo Real consiguieran salir al exterior; pero sabía que aquello no podía durar mucho, porque si por una parte vigilaba a sus amigos, por la otra, y debido a la vehemencia que debía emplear en este cometido, se veía obligado a desatender, en gran medida, las disposiciones necesarias para impedir que los infraseres del exterior tomaran la casa.
Mientras tanto Rubén, con una borrachera de espanto, contemplaba, sonriente desde el sofá, la dantesca escena que tenía lugar ante sus narices; y se imaginaba la cara que iba a poner Zacarías cuando los viera de esa guisa y la que iban a poner ellos cuando el transportista perdiera los papeles -porque seguro que los iba a perder.
- ¡Rubén! –le gritó Christoph/Seis Fóbico/Punki- ¡Rubén, joder, haz algo! ¿No ves que nos van a matar?
Rubén notó como, a consecuencia de los cada vez mayores y más numerosos golpes que recibía la caseta, el sofá comenzaba a moverse; cogió un plato de la mesa que había a su lado y se pudo a hacer como que conducía un fórmula uno.
- ¡Rubén! –suplicó Eva- ¡Rubén, si nos ayudas te compramos cincuenta putas en fila para ti solito! Cincuenta, ¿me oyes?
Pero Rubén estaba cortando con un tenedor la última garrafa de vino, que era de plástico, para fabricarse un casco.
En el exterior, tras un día entero de asedio, las hordas yonquis no estaban en mucho mejor estado físico y mental que los resistentes. Pero, aún así, contaban con la ventaja de su superioridad numérica, que además se veía incrementada constantemente por nuevos compañeros de fila que llegaban del pueblo y los de los alrededores ora a pie, ora en bicicleta, ora en vehículo motorizado.
- Vaya mierda de partido que jugó ayer España, ¿eh? –decía alguna que otra vez uno de ellos.
- Sí. Con el cabreo se entiende que nos lo metimos todo y así de pelaos estábamos hoy. ¡Desde las siete y media, llevo yo aquí! –le respondía las más de las veces otro.
- Bueno. De todas formas jugaríamos mal, pero en el fondo fue un robo, ¿eh? –aseveraba el noventa y cinco por ciento de las ocasiones un tercero.
- ¡Si es que siempre nos pasa lo mismo! -concluía siempre, impepinablemente, cayera quien cayese, un nuevo contertulio.
Pero el sistema de rotaciones que permitía que mientras unos agredían otros pudieran entregarse a la grata conversación se bloqueó momentáneamente cuando, desde la lejanía de la noche, se vio llegar un vehículo cuyo sonido motriz y prestaciones denotaban la superior dignidad, en comparación con los presentes, del hombre que lo pilotaba: el señor alcalde.
- ¡Ya era hora de que viniera una autoridad a poner orden! –exclamó un yonqui- ¡Ahora sí que van a enterarse los de ahí dentro!
viernes 1 de abril de 2011
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